Nuestra historia

Nuestra historia

Badajoz, 1876. Un rey enamorado, un poeta extremeño, un cacao recién llegado de Filipinas y una chocolatera que no dormía por las noches.

De ahí venimos.

La historia que no se contó en los libros

Hay historias de amor que cambian la vida de quienes las viven; y otras que cambian el destino de un país. Alfonso XII tuvo de las dos, y casi a la vez.

Lo que sigue es una mezcla de hechos documentados, crónica palaciega y la leyenda fundacional que se ha transmitido durante casi siglo y medio en esta casa. Lo contamos así porque así nos llegó: una parte es historia, y otra se cuenta entre susurros en los obradores mientras se atempera el chocolate.

Tres mujeres, tres dulces

María de las Mercedes, o la luna de miel más corta de la historia de España

Ella era hija del Duque de Montpensier; él, el rey recién restaurado. Eran primos: las dos ramas de la familia llevaban años a la gresca por la corona y, sin embargo, Alfonso se empeñó en casarse con ella. "Te haré reina", le dijo. La hizo.

María de las Mercedes de Orleans era andaluza, dulce y frágil. Tenía diecisiete años cuando se casaron y dieciocho cuando falleció, cinco meses después. La leyenda cuenta que el rey nunca se recuperó del todo: que en una tertulia, años después, recitó de memoria al cronista Vicente Barrantes los versos que este había escrito a la muerte de la reina, y le confesó que Mercedes había sido la única mujer a la que de verdad había amado.

Para ella se elaboraron las primeras Trufas de la paz: trufas delicadísimas recubiertas de finísimas láminas de almendra. Fueron el primer encargo.

María Cristina de Habsburgo, la reina que aguantó

Cuando un rey enviudaba joven, los gabinetes se movían rápido. Tres años después de la muerte de Mercedes, Alfonso se casó con María Cristina de Habsburgo-Lorena, archiduquesa de Austria. Más que un matrimonio apasionado, fue una táctica de continuidad dinástica; sin embargo, fue ella quien sostuvo el trono cuando él murió. Gobernó como regente diecisiete años y crió a Alfonso XIII en mitad de la tormenta.

Para María Cristina, las Delicias de Higo: una pasta tierna de higo extremeño rellena de praliné, hechas pieza a pieza, a mano, una a una. El higo, esa fruta paciente y discreta, que madura lenta y endulza con mesura.

Elena Sanz; el amor apasionado que no aparece en los retratos oficiales

Elena Sanz era contralto, andaluza, morena, intensa. Cantaba en los grandes teatros de Europa y dejaba sin habla a los hombres más serios de su tiempo. Benito Pérez Galdós la llamó "la hechicera compatriota". Emilio Castelar, presidente del Congreso durante la Primera República, escribió de ella: "Quien haya visto en su vida a Elena Sanz no podrá olvidarla jamás”. Una contralto algo mayor, protegida de su madre Isabel II que el destino fue colocando y descolocando en la vida de Alfonso hasta que, siendo el rey viudo, volvieron a encontrarse. Estuvieron juntos casi cuatro años, y tuvieron dos hijos fuera del matrimonio.

Para los encuentros de él con ella se elaboraban las Nocturnas: bases de chocolate negro con almendra, oscuras como el pelo de Elena, pensadas para disfrutarlas mientras la corte dormía.

El poeta, el rey y el cacao que vino de Filipinas

Detrás de cada uno de aquellos encargos había dos manos y un puente.

Las primeras eran las de doña Carmina Cuesta, dueña de un pequeño obrador chocolatero en Badajoz. Se cuenta en la casa que la primera vez que recibió el encargo del rey no durmió en semanas: si fracasaba, sería su ruina; si acertaba, su leyenda. Y acertó.

El puente era Vicente Barrantes Moreno (Badajoz, 1829 – Pozuelo de Alarcón, 1898), escritor, cronista y bibliógrafo extremeño, amigo personal del monarca, hombre de tertulias y de versos, y secretario del Gobierno General de Filipinas. Fue Barrantes quien hacía traer el cacao filipino hasta Badajoz y, conocedor del oficio de Carmina, sugirió al rey que los dulces que quería regalar –a su reina, a su amante o a su recuerdo– se elaboraran allí.

Así nació esta casa. Un rey emparejado de tres maneras distintas –quién sabe cuántas de ellas enamorado–, el poeta que hacía de mensajero, un cacao que cruzaba medio mundo y una chocolatera de provincias que entendió, antes que nadie, que el chocolate sirve para decir lo que las palabras no se atreven.

Cuenta la tradición de la casa que, años después, doña Carmina recibió el título de La Real Confitería Española. Lo seguimos llevando con el mismo respeto y, sobre todo, con la misma receta.

Lo que hacemos hoy

Las Trufas de la paz, las Delicias de Higo y las Nocturnas se siguen elaborando como entonces: cacao de origen, almendra, higo extremeño, algo de tiempo y muchas manos.

Cada caja que sale de La Real Confitería Española lleva dentro una historia de amor del siglo XIX. Si te las regalan, presta atención a quién y por qué: en esta casa, los dulces siempre dicen algo.

 

 

 

"La artesanía es el deseo de hacer bien un trabajo, por el placer de hacerlo." 

 

Elaboramos nuestros bombones de higo seleccionando uno a uno y recubriéndolos de chocolate negro de primera calidad.